Abolir el Poder Judicial

Por Francisco Tomás González Cabañas, autor de las novelas El macabro fundamento (1999) y El hijo del pecado (2013), así como de los ensayos El voto compensatorio (2015) y La democracia incierta (2015).

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“La ley es prohibición: eso no significa que prohíba, sino que está en sí misma prohibida, es un lugar prohibido…, la ley no se puede alcanzar, y a fin de mantener una relación de respeto con ella, no hay que mantener ninguna relación con la ley, hay que interrumpir la relación. Uno debe entrar en la relación solo con los representantes de la ley, sus ejemplos, sus guardianes. Éstos son tanto elementos interruptores como mensajeros. Uno no debe saber qué es la ley ni donde está. (Derrida, j. Acts and literatura. Nueva York. Routledge. 1992, p 201.)” “¿Por qué no? Porque si no llegara a saberlo, la ley perdería su legitimidad: su fundación en un acto de violencia ilegal quedaría a la vista. (Por eso Kant prohibió poner en entredicho los orígenes del orden legal).” (Zizek, S. Problemas en el Paraíso. Barcelona. Anagrama. 2016, p 103). “La Democracia tradicionalmente vinculado a la ley -En los estrechos límites de la versión liberal del mundo –termina, se presenta como el logro histórico de un “Estado democrático” que garantiza como tal a través de la institución de mecanismos del ‘estado de derecho’. Esta expresión denota principalmente la necesidad de reinar la ley, para que la ejecución de las leyes sea de la fuerza motriz de la democracia. Por lo tanto, en la concepción jurídico-liberal de la democracia, el orden político se reduce a la administración legal del poder del Estado. (WARAT, Territórios desconhecidos: a procura surrealista  pelos  lugares  do  abandono  do sentido  e  da  reconstrução  da  subjetividade.Florianópolis: Fundação Boietux, 20042004, p. 144). La última cita responde a la razón de por qué no se disuelve, si quiera se piensa el replanteamiento de algo tan a contramano de lo que se afirma para lo cual fue creado. De acuerdo, y sobre todo por estas razones, en donde el morbo social se acrecienta, en crímenes concomitantes o concordantes a lo sexual, la justicia que no es tal, y que tampoco debería ser poder, muestra su siniestralidad. Se nos presenta de tal manera, en clave Freudiana, dado que lo que creíamos familiar, nuestro, al alcance de nuestra mano y solicito para brindarnos una respuesta, nos otorga, la peor de las mismas, aquella que solo prevalece ante la indiferencia. Darle vía libre, aboliendo con ello la propia ley dispuesta y su dinámica, a lo que desde los libros se señala como responsable y por ende pasible de ser sancionado. Esta tensión académica, que los secuestradores de un poder, graduados en leyes, que lograron hacer válido legalmente el demarcar su parcela de ocupación de tal poder que no es democrático, como el judicial, es en definitiva el precio de sostenerlos en las discusiones bizantinas a las que dedican sus tiempos pagados por nuestras contribuciones, para que nos impidan acceder, legalmente, a un servicio de justicia, que a todas luces, no es para todos sino exclusivamente para ellos. El lugar que ocupa la justicia en nuestros poderes institucionalizados y el por qué, pese a que cada tanto, digamos que funciona tan mal, siquiera lo ponemos en crisis o en debate, en su fondo, en su contenido, como si lo hacemos incansablemente con los poderes legislativo y ejecutivo. El poder judicial, debe ser abolido como tal. Más no así sus funciones, claro y obviamente está. La funcionalidad del servicio de justicia, estará en el sincretismo, en el maridaje, en el resultante del entrecruzamiento de los poderes legislativo y judicial. Alumbrará una asamblea ciudadana, con características, tanto democráticas y participativas a nivel general, como foquistas o parroquiales en cada lugar en donde se implementen de acuerdo a las condiciones culturales, antropológicas y filosóficas de cada lugar en donde se dimensione la cuestión judicial propiamente dicha. Abolir el poder judicial, significará que la justicia pueda dimanar, casi naturalmente, de ninguna institución, sino del libre juego de ellas y de su interacción con la ciudadanía, transformándose de tal manera en un servicio público y no en un resquicio o en un aguantadero del poder en su sentido más cruel y abyecto.

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