La política de las fotos con el móvil #selfipolítica

Todos nos tomamos selfies, hasta los políticos y personajes sociales, pero de acuerdo a ciertas situaciones y contextos pueden representar diferentes significados. Mar Castro nos enseña a aprovechar esta herramienta tan popular.

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Presidentes, jefes de gobierno, senadores, congresistas, ministros, portavoces, diputados, alcaldes y candidatos a todo tipo de territorio han sucumbido al influjo del autorretrato digital.

Una técnica, un formato de diálogo virtual, un vehículo de comunicación creativa, cercana y directa que forma parte de la narrativa de las personas. Una herramienta de marketing político que recauda votos sin garantizar lealtades ni revolver problemas.

Los políticos se toman selfis con celebridades, colegas y compañeros de partido. Con votantes, simpatizantes y ciudadanos anónimos. Con personas de todas las razas, credos y nacionalidades. Pura camaradería fotográfica y complicidad superficial sin compromiso político que las sustente.

Una herramienta de resultados inciertos que porta un claro mensaje electoral, dirigido a públicos internos y externos. Los selfis grupales logran más viralidad que un selfi individual; las autofotos con celebrities garantizan un alcance que se cuantifica en millones de visitas.

La moda de los autorretratos ha ido pareja al crecimiento de las redes sociales, un espacio democrático y un ágora virtual donde se desarrolla el activismo ciudadano. Una exposición permanente de dirigentes y candidatos más o menos comprometidos,  deseosos de ofrecer un discurso breve que ofrezca un mensaje completo, personal y político.

Selfis con llamadas a la acción social –Narendra Mori y su lucha contra la discriminación de las mujeres-, selfis desafortunados –Barack Obama, Helle Thoming y David Cameron en el funeral de Mandela-, el primer selfi -Kim Jon unas horas antes de su cumbre con Trump-, políticos que radiografiaban todos los eventos a través de selfis –Cristina Kirchner, Pedro Sánchez, Peña Nieto, Mauricio Macri, Emmanuel Macron, Marcelo Rebelo, etcétera-, selfis como reafirmación del apoyo popular –Michelle Bachelet-, políticos que publican selfis nada más jurar sus cargos –Michel Temer-, selfis que despiden escenarios de gabinetes ministeriales –Evo Morales-, selfis como forma de olvido de un incidente que nunca debió ocurrir –Juan Carlos Valera y el futbolista Jesús Alzamora-, selfis que silencian discursos presidenciales –Manuel Pulgar en el 194 aniversario patrio-, selfis celebrando lo que en democracia es un derecho de los ciudadanos –Lacava y Maduro- y uno de los selfis más buscados, con el presidente de Estados Unidos.

Selfis que restan importancia a eventos –protagonistas de portadas de diarios-, ballot selfi –mostrando la papeleta electoral, una acción que moviliza a los votantes jóvenes-, selfis protesta, selfis reivindicativos, selfis de la diversidad, campañas selfi –protagonizadas por lemas-, selfis con premios para fomentar la participación electoral –Vladimir Putin en los comicios de marzo de 2018- hasta aplicaciones para hacerse selfis –Hillary Clinton y Rebelo de Sousa-. Una herramienta sociopolítica que inclina la balanza cuando la popularidad de los candidatos está igualada.

Los selfis políticos también protagonizan las imágenes de la vergüenza. Sujetos incitadores de la violencia más sangrienta que se dan baños de masas ante conocidos y desconocidos que posan sin sentido, vergüenza ni rubor.

Los autorretratos no son fotos espontáneas. Son imágenes cuidadosamente pensadas, diseñadas, producidas, escogidas y distribuidas por sus protagonistas.

Hablar de selfis es hablar de inmediatez, de instantaneidad, de lo efímero. Es hablar de mecanismos de comunicación y propaganda de la política doméstica de los candidatos. Un ejemplo de una política volcada en imágenes informales que conecta la parcela personal, familiar y cotidiana del político con los ciudadanos a los que se dirige. Un eficaz medio para acercar la política a los jóvenes, una generación desencantada  a la que quieren reconquistar a través de su forma de expresión habitual.

Los políticos son los candidatos ideales del photobombing: una variedad de autofoto en el que una persona conocida o desconocida, de forma accidental o intencionada, se suma “sin invitación” a la instantánea.

Usen la cámara frontal del smartphone, estiren el brazo y elévenlo por encima de sus cabezas –plano en picado que acentúa los rasgos faciales y disimula el sobrepeso- o bájenlo –contrapicado que hace parecer más alto y muestra una mandíbula pronunciada-, ofrezcan una postura flexible -con la espalda recta y las manos separadas del cuerpo-, cuiden el lenguaje gestual, aprovechen la luz natural y sonrían. Observen el entorno, tengan en cuenta el contexto, controlen el escenario, valoren la presencias y ausencias y ya saben…

Allá donde fueren, ¡hagan un selfi!   

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