Uno de los temas más complejos en el estudio de las sociedades es la construcción de la memoria colectiva, la cual, según Rosa, Bellelli y Bakhurst1 es “entendida como el conjunto de representaciones del pasado, producidas, conservadas y transmitidas dentro de los grupos sociales” y que tienen como finalidad, unir el pasado con el presente para la construcción de un “sentido común” que oriente el futuro de los citados grupos humanos.

Sin embargo, la construcción de nuestra memoria colectiva, es el tema más conflictivo que enfrenta nuestra sociedad desde la década del noventa, manteniendo divido al país en por lo menos dos formas de decir el pasado; división que se explica según los autores antes citados, porque en “cada sociedad — y en particular cada sociedad moderna— está constituida por una pluralidad de grupos, (donde) cada grupo elabora aquella representación del pasado (conforme) mejor se adecúa a sus valores y a sus intereses, y que (dichas) representaciones colectivas del pasado (…) sirven para legitimar las creencias del mismo grupo y para inspirar sus proyectos, legitimando así—o intentando legitimar— a las élites que son portadoras de ellas”.

En este contexto, el rol de los medios de comunicación es clave, como ha señalado Alessandro Cavalli, “la estructura de (construcción) de los procesos de memoria colectiva corresponden al modelo del proceso comunicativo donde encontramos en el medio a los transmisores de memoria (llámense medios de comunicación, que tienen) el poder de crear y estabilizar la memoria en general a todos los niveles de la organización social”; y es justamente el uso adecuado de este poder, al investigar e informar sobre la totalidad de los hechos históricos lo que permite crear ese “sentido común” que se reclama para mirar hacia el futuro.

Pero se pierde la oportunidad cuando aquellos se colocan al servicio de los grupos de poder y tratan de imponer una “verdad oficial” que únicamente favorece a dichas élites; robándonos la oportunidad de reconciliar posiciones a partir de conocer descarnadamente como la mayoría de nuestros gobernantes incumplieron su deber de gestionar adecuadamente nuestros recursos y por el contrario lo dilapidaron o sustrajeron.

Que la mayoría de estos medios haya ignorado la presentación de las conclusiones de la comisión Lava Jato, que tratan sobre el principal delito de corrupción del siglo XXI, estemos o no de acuerdo con la comisión; solo muestra que son parte de la lucha entre estos grupos de poder, a los que no les interesa la reconciliación del país y su desarrollo futuro, sino únicamente sobrevivir como impolutos para seguir viviendo de él.

Por eso no es de extrañar que nuevas opciones políticas sean especialmente severas con los medios, cuestionando el incumplimiento de su rol y proponiendo normas específicas para romper los monopolios dentro de ellos; sustentados en la necesidad de contar con medios neutrales para contar nuestro pasado y formar de ahí el “sentido común” que estos medios nos niegan.

Esta en manos de ellos evitar este futuro; solo tienen que hacer una cosa. ¡Cuenten la verdad de la corrupción, caiga quien caiga!


1. Alberto Rosa, Guglielmo Bellelli y David Bakhurst. Memoria Colectiva e identidad nacional

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