El pago a Caronte o la prueba, atávica, de la corruptibilidad democrática

Por Francisco Tomás González Cabañas, autor de las novelas El macabro fundamento (1999) y El hijo del pecado (2013), así como de los ensayos El voto compensatorio (2015) y La democracia incierta (2015).

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El barquero, al que había que pagar (con un óbolo materializado en moneda) para ser conducido, una vez muerto, al Hades, cobra una repercusión tardía, merced a que es producto del fenómeno democrático griego. La aristocracia, tenía a Hypnos o a Thanatos, no necesitaban demostrar, mediante una moneda en el rostro, que algo más tenían que comprar, una vez terminado sus días en la tierra. Dante populariza a Caronte, que, resultante mitológico de lo democrático, hubo de instalar que más allá de la vida, se necesitaba, al menos un bien (la moneda) para llegar al responso final. Producto de la cultura medieval, el autor de la divina comedia, en pleno contexto de lo que se conocería como ventas de indulgencias o “simonía”, hace gala de su genialidad al dar visibilidad a Caronte. Desde los chamanes o conocedores de los secretos del más allá, hasta los actuales analistas que ordenan nuestro inconsciente, o nos sugieren como ordenarlo, siempre esta relación, como todas en donde se entrecruzan posiciones desemejantes, se definen por la propia tensión de poder en la que se desenvuelven. Para que estas no finalizaran violentamente (la raíz de la violencia es que tiene escasa posibilidad de intercambio o de traducción,  termina más pronto o más rápido), surge el dominio de lo político, en cuanto a una temporalidad, nueva, diferente, como armónica y apacible. El precio a cobrarse debía ser tanto alto, como a su vez, oculto o solapado. La democracia debía ser, o parecer, para la gran mayoría, en la medida exacta que sólo prometiera esto, como para no cumplirlo, generando un nuevo circuito de tensión, en esta instancia de lo “democrático”. El campo de los representados, de los ciudadanos de a pie, es la vida mundanal, el infierno o la muerte misma, el lugar o destino, es sin duda alguna el olimpo, donde los representantes, viven tal como la democracia promete; con la posibilidad de tener, y sin preocupación acerca de cómo, sino de simplemente, tener la libertad de elegir todo lo que se pueda acumular, sin culpa, ni pecado, ni elemento cuestionador. Se debe cruzar la laguna Estigia o el Aqueronte, para ello, necesitamos vérnosla con nuestro Caronte democrático, que es el elemento corruptor que ordena que en “topus uranus”, en el mejor lugar posible para vivir, no se democratice la llegada a tal sitio (de lo contrario dejaría de ser cómodo como atractivo y por ende placentero) pero para ello, debe alentar a que esto sea posible, generar esperanza en el mundo de los comunes, y cada tanto consagrar a uno de estos, llevándolo al olimpo. Asimismo, para fortalecer el circuito, el Caronte democrático, trae de tal olimpo, a alguno que otro, a una especie de isla, llamada justicia, en donde supuestamente es condenado, o bajado, para que en ambos mundos se crea que existe una suerte de equilibrio. El Caronte democrático, actúa mediante el cobro, solapado, dado que necesita que se concrete, mediante el bien material específico y determinado (por lo general siempre son valijas o bolsos rebosantes de billetes) todo aquello que la democracia (histérica) jamás cumplirá. Algo se tiene que cumplir y es esto mismo, la escasa (y que perversa como funcionalmente, se promete como amplia y múltiple) movilidad entre los mundos separados y distantes. La corrupción es el reflejo de la laguna Estigia o el río Aqueronte, en donde no podemos ver nuestra propia imagen corrompida, pero sí la del otro, tal como sucede con el deseo de estar en el lugar en el que no estamos y de allí la necesidad de un guía, de un barquero, al que, naturalmente, debemos pagar y del que sólo pretende de nosotros, eso mismo, que le paguemos.

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